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Hoteles sugeridos
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Perderse en Zamora
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Todo te sale al Encuentro
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Zamora si así lo deseas, puedes recorrerla sin plano. Viaje sin mapas. Todo te sale al encuentro. Sube, si ese es tu gusto, hasta que por encima sólo veas el más azul de los cielos. Allí, el Castillo y la Catedral, enorme caja de sorpresas, recinto de maravillas que no dará descanso a tus ojos. Desde allí, si lo prefieres, a la Plaza Mayor, a San Juan de Puerta Nueva o a dónde el azar te lleve. Piérdete: la ciudad te encontrará.
La Rúa de los Francos, quizás, la calle Santa Clara… o eliges Balborraz, ese repecho jalonado de miradores que te lleva a la antigua Aljama y al río o, por qué no, déjate llevar por Zapatería, por Caldereros… o sube de nuevo y sigue buscando, hacia allá Troncoso, Arias Gonzalo… por donde pisas pisó, hace casi un milenio el Cid… O salta hacia el otro lado, Plaza de Sagasta, Plaza de Zorrilla, Palacio de los Momos, plaza San Esteban, museo Baltasar Lobo,… vuelve una vez más, calle Barandales, iglesia de Santa María la Nueva, Museo de la Semana Santa… Y siempre, a tu alrededor, iglesias, románicas y acogedoras… Zamora ciudad románica, te rodea, te fascina, no te deja elegir, todo está ahí.
Y hay más, más estilos, gótico-isabelino, góticore-nacentista, modernista y hasta alguna muestra de art-deco como el Edificio Espías, de inquietante resonancias en tan medieval marco.
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Pasear por Zamora
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Ciudad para pasear. El rostro más humano de una ciudad como Zamora lo constituye la posibilidad de pasear, de recorrerla en todas las direcciones con nuestros propios medios, es decir, paso a paso. Existe, sin duda, un arte de pasear. Consiste en salir, caminar, perderse quizás, encontrar... Placeres entrelazados, cuya culminación tiene aire de aventura: el encuentro. Si salir traspasa el límite, caminar tonifica cuerpo y espíritu y perderse nos inquieta, encontrar completa felizmente la aventura. La vida es aventura, como el arte y la poesía. Zamora es la invitación permanente al encuentro: con los siglos y con sus gentes. Los encontraréis a todos, desde los vacceos a los lusitanos, los romanos, las huestes de Almanzor, los cristianos viejos y nuevos, los judíos, los escritores, los escultores, los imagineros, los arquitectos…
Se cruzan contigo, se sientan en una terraza, están acodados en la barra de un bar, te saludan, te preguntan de dónde vienes… Y tú, con el poeta, les dices que llegas del otro lado de aquella nube y que tu vida, como la de ellos, es la de tu trabajo y la de tus pasos y que tú aventura es encontrarlos. Así, poco a poco, encuentro tras encuentro Zamora va instalándose en tu interior.
Paseos por Zamora
Después que la piedra de las iglesias haya sido el objeto de nuestras miradas, sucumbe a la tentación de arrastrarte hasta cualquiera de los miradores sobre el Duero o, mejor, desciende hasta el río, fundador de ciudades, y recorre los recién estrenados paseos que conducen al parque de Olivares. O crúzalo y acércate hasta la playa de los Pelambres para obtener una de las mejores panorámicas del casco antiguo. Quizás quieras reponer fuerzas tomándote unas tapas allí mismo. También te aconsejamos caminar junto al río hasta una de las aceñas y sentarte en su terraza bajo el puente de hierro, pero siempre al lado del taller del Duero.

Para otros, su Zamora comienza en la plaza de Sagasta. Se trata, ni más ni menos, que de un ejercicio de arqueología o, mejor dicho de geología arquitectónica en el que puedes ir retrocediendo, lentamente, en los siglos a través de sus estratos. Es en esa misma plaza y en la calle Renova donde podrás encontrar las huellas más profundas del más logrado ensanche de la ciudad, con edificios de un curioso y tardío modernismo provinciano. El antiguo casino o las casas de la burguesía harinera conforman uno de los espacios más pintorescos, extendido hacia la popular Plaza del Fresco, centro de la movida nocturna, y el coqueto y recogido Teatro Principal. No dejes de iniciar allí mismo tu recorrido por la vieja Zamora. Tampoco dejes, al desembocar en la Plaza Mayor, de descender hacia el Duero (todos los caminos conducen hacia él) por la calle de Balborraz, aunque sea para ascender de nuevo y volver a bajar por la calle de los Herreros. Y ahora sí, por las rúas (de los Francos y de los Notarios hacia la Catedral). Asómate entonces, ya en su plaza, al portillo de la traición y pregunta por su historia y sus romances. Desciende, después, a la Puerta del Obispo y entérate bien de lo que le sucede a los ladrones sacrílegos.

Zamora no sólo debe ser vista, sino, también oída y recitada. Escucharás mejor los antiguos pasos si regresas por la calle Troncoso. Su rumor te llevará a la leyenda de Viriato y al sonido del Babú” en el reloj Ayuntamiento.
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